Va de animales
¿Sorprendente? Puede ser. Aunque si sois capaces de continuar leyendo os daréis cuenta de que no es ninguna chifladura. Ser cristianos, ser católicos, es cosa de animales. No, no hay que ser brutos, salvajes, irracionales, no, no es eso. Se trata de hacer nuestras algunas actitudes típicas de algunas especies de nuestra fauna.
«Os envío como ovejas entre lobos; por eso sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas» (Mt 10,16), nos dice el Señor. Ya tenemos ahí los tres primeros animales con los que nos tenemos que identificar. ¡Vaya, pues sí que nos quiere Cristo, que nos compara con los animales! Pues sí, nos quiere y nos compara con los animales, vamos a ver porqué.
Comienza afirmando que nos envía «como ovejas en medio de lobos». La oveja es un animal dócil, indefenso, nunca atacará a nada ni a nadie y tampoco ofrecerá resistencia a los ataques que reciba, que serán siempre injustificables ya que ella no ha provocado esa agresión que está sufriendo. En Lc 10,3 se cambia el término “oveja” por el de “cordero” para resaltar aún más las actitudes de mansedumbre, de inocencia, de pacifismo que deben guiar a un cristiano. No en vano nos identificamos con el Maestro que es «manso y humilde de corazón» (cf. Mt 11,29). Por lo tanto, partimos de esta consideración: debemos ser como corderos, como ovejas, en lo que tienen de mansedumbre, de sencillez, de inocencia bien entendida, de paz.
El segundo animal en aparecer es la serpiente. ¿Pero no era éste el símbolo del demonio, del pecado? Así es en el libro del Génesis, y también en el Nuevo Testamento. Jesucristo no dice que seamos como serpientes, más bien, se fija en la sagacidad, en la astucia de la serpiente. Eso es en lo quiere el Señor que nos fijemos de la serpiente. En la capacidad para adelantarse a los pensamientos del otro, en la rapidez de reflejos para reaccionar ante las situaciones que nos sobrevengan. Estas formas de actuar se convierten en cualidades cuando las usamos para el bien, que es precisamente lo que nos está recomendando Jesús. No quiere que aparezcamos ante el mundo como unos seres apáticos, pasivos, indiferentes. Ni mucho menos. Los cristianos tenemos que conocer los mecanismos del mundo, cómo funciona el demonio con sus tretas para poder vencerlo, para entablar nuestra batalla contra él con las armas de la fe. Y para esto se requiere sagacidad, astucia, adelantarse a los planes del enemigo para vencerlo de raíz.
Llegamos al tercer animal, la paloma. También un animal muy bíblico, como los dos anteriores. Y aquí se trata de buscar la sencillez de la paloma. Sencillez se acerca mucho, en este contexto, a la idea de humildad. Sencillos, humildes como las palomas que viven su realidad sin alardes, sin avasallar a nadie, sin buscar destacar por encima de los otros animales a costa de ellos. Así debemos vivir los cristianos, con esta misma sencillez y humildad. Presentándonos ante los demás como somos, sin ocultar nuestros defectos, sin presumir e intimidar con nuestras cualidades. Sabemos que estamos siempre en proceso de cambio, de conversión, de transformación y de mejora de nuestra vida. Pero no vivimos esto como una carga insoportable (“Otra vez a empezar el camino de la conversión”). Vivimos con la sencillez de sabernos en las manos de Dios, cuidados por Él, alentados por Él cada día, fortalecidos por Él en nuestros propósitos de mejora de nuestra existencia. Y todo ello sin rastro de soberbia, de orgullo, de confianza exclusiva en nosotros mismos. ¡Qué difícil es todo esto! Cierto, todos los sabemos. Pero contamos con la ayuda, que digo con la ayuda, con toda la fuerza del amor de Cristo que nos apoya. ¿Nos vamos a retirar cansados y derrotados antes de comenzar el combate? Ni mucho menos. Desde la sencillez y la humildad de la paloma que reconoce que todo le viene dado, nosotros, en Cristo, vamos a tomar las riendas de nuestra vida y a hacerla mejor, más feliz. «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rom 8,31).
Va de animales. Ahora lo entendemos mejor, ¿o no? Entonces, ¡ánimo! Vamos a convencernos de que ser cristiano, entre otras cosas, es ser como animales, como estos animales concretos, con estas actitudes específicas. Nos irá mejor en nuestra vida, veremos reafirmada nuestra fe, seremos más felices. Lancémonos a la tarea, es apasionante. Y no estamos solos –menos mal–, Él camina con nosotros.
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