Para amigos de JESÚS, y para los que desean serlo y conocer cosas de ÉL; para interiorizar sus enseñanzas y ser felices unidos a DIOS que nos da la felicidad eterna.
En ocho días comienza la Semana Santa.
Entre todas las semanas del año, la Semana Santa es la más importante
para la Iglesia y para los cristianos. La llamamos ‘santa’ porque está
santificada por los acontecimientos que conmemoramos en la liturgia y
mostramos en las procesiones. La Iglesia, al celebrar la pasión, muerte y
resurrección de Cristo, se santifica, renueva a sí misma y se convierte
en fuente de Vida y de Esperanza.
Los cristianos debemos prepararnos
debidamente para entrar en esta Semana con espíritu de fe y con
recogimiento interior. Estos días son los de mayor intensidad litúrgica
de todo el año, una intensidad que ha calado hondamente en la
religiosidad cristiana de nuestro pueblo. Las Cofradías de Semana Santa,
presentes a lo largo y ancho de nuestra Diócesis, son el mejor ejemplo
del profundo arraigo de la fe cristiana entre nosotros.
En nuestro camino cuaresmal
hacia la Pascua hemos de convertir o volver nuestra mirada y nuestro
corazón a Dios, a su amor y al prójimo. Sólo así podremos descubrir que
en nuestra vida hay acciones u omisiones que nos alejan de Dios, de su
amor y del amor al prójimo: esto es el pecado. Cuanto más presente está
Dios en el corazón de una persona, más sentido hay para aquello que nos
aleja de su amor, más conciencia hay de pecado. Pero también en esta
situación, Dios nos sigue amando. Como el fuego que, por su propia
naturaleza, no puede sino quemar, así Dios no puede dejar de amar.
"Porque Dios es amor" (1 Jn 4,8).
Queridos diocesanos, queridos niños de Primera Comunión y queridos padres:
En muchas de nuestras parroquias se celebra en estos días la Primera
Comunión. No sólo es un momento especial de gracia para los niños, sino
también para sus familias y para las comunidades parroquiales. Todos los
cristianos compartimos el gozo y la alegría de este día de la Primera
Comunión. Entre todos hemos de hacer lo posible para no olvidar su
significado y vivir cristianamente este acontecimiento eclesial y
familiar.
A vosotros, queridos niños, os felicito por la celebración de uno de
los acontecimientos más bellos y más felices de vuestra vida. Jesús os
invita a participar por primera vez en el banquete de la Eucaristía. Él
mismo se os da porque os ama a cada uno de vosotros. Jesús nos ha hecho
el gran regalo de quedarse con nosotros en la Eucaristía y dársenos en
comida: "Tomad y comed, eso es mi cuerpo. Tomad y bebed, ésta es mi
sangre", dijo Jesús a sus discípulos en la última Cena antes de morir en
la cruz y resucitar. Recordad en vuestro corazón siempre estas
palabras, y estad muy atentos el día de vuestra Primera Comunión, cuando
el sacerdote las pronuncie en el nombre de Jesús: el trocito de pan se
convertirá en el Cuerpo mismo de Jesús que después recibiréis: entonces
Jesús mismo vendrá a vosotros.
En la foto aparece el Sr. Obispo D. Casimiro con el Papa Francisco en la mañana del viernes 28 de Febrero.
El Papa Francisco ha transmitido al Obispo de Segorbe-Castellón,
mons. Casimiro López Llorente, su deseo de que la Diócesis siga
“caminando con alegría y esperanza”. Así explicaba el prelado hoy mismo
en declaraciones al programa “El Espejo de la Iglesia Diocesana” de COPE
Castellón, la esencia del mensaje dado por el Santo Padre en el curso
de la entrevista personal que han mantenido por la mañana del viernes
28.
El Obispo, por su parte, le ha expuesto las prioridades para la vida
de la Diócesis: la vitalización de las parroquias para que sean
evangelizadas y evangelizadoras, objetivo que debe plasmarse en el
próximo Plan Diocesano de Pastoral, y las vocaciones que este mes toman
un protagonismo particular alrededor del día del Seminario el 19 de
marzo.
Otros temas que han salido en la conversación han sido las familias y
los jóvenes, sobre los que el Papa ha declarado su preocupación: “los
lleva en el corazón –explicaba mons. López Llorente – en particular los
que no tienen trabajo y se encuentran en una situación de descarte, como
él lo llama”.
Esta mañana ha sido muy especialy llena de emoción y alegría.
Los niños están muy contentos por verle. Remito a dos enlaces para detalles: la página web del centro y la televisión de Oropesa.
Agradezco al equipo directivo y al claustro su colaboración, y al Sr. Obispo y al sacerdote de Oropesa, y acompañantes su presencia y palabras y caminando junto a Él, guardaremos en nuestro recuerdo este día para siempre.
El Sr. Obispo D. Casimiro visitará el arciprestazgo Costa (Parroquias y Colegios) y nos llenará de bendición el Centro, casualmente en nuestro V aniversario.
Anhelamos su llegada y le agradecemos su presencia en lo que será lo mejor del 2013. Una fecha que siempre recordaremos martes 03-12-13...
Monseñor Casimiro López Llorente, obispo de Segorbe-Castellón. Presidente de la Comisión episcopal de Enseñanza y Catequesis
La catequesis de la parroquia y la enseñanza de la clase de Religión en
la escuela, junto con la educación cristiana en la familia o en la
escuela católica, forman parte de la iniciación cristiana y de la
educación en la fe. Todos los implicados en estos tres ámbitos de
educación en la fe, cada uno con objetivos, fines y contenidos propios,
han de trabajar acordes y concordes en el proceso de la iniciación
cristiana, para ayudar a generar un cristiano adulto; es decir, un
creyente, un discípulo y un testigo de Jesucristo en el seno de la
comunión eclesial. De este modo, la parroquia contribuye a la
edificación de la Iglesia diocesana, construida con piedras vivas, cuya
piedra angular esCristo mismo.
En su idioma, el polaco, Casimiro significa: "el que impone la paz". (Kas = imponer, Mir = paz).
Casimiro
nació en 1458 en Cracovia. Era el tercero de los trece hijos de
Casimiro, rey de Polonia. Muchos santos han salido de familias muy
numerosas, y de esta clase de familias llegan a la Iglesia Católica
excelentes vocaciones.
Su madre Isabel, hija del emperador de
Austria, era una fervorosa católica y se esmeró con toda el alma porque
sus hijos fueran también entusiastas practicantes de la religión. Ella
en una carta a una amiga hace una formidable lista de las cualidades que
debe tener una buena madre, y seguramente que esas cualidades fueron
las que practicó con sus propios hijos.
Y además de la educación
que le dieron sus padres, Casimiro tuvo la gran suerte de que el rey le
consiguió dos maestros que eran buenísimos educadores. El Padre Juan y
el profesor Calímaco. El Padre Juan era Polaco y dejó fama de ser muy
sabio y muy santo, pero su mayor honor le viene de haber sido el que
encaminó a San Casimiro hacia una altísima santidad. El Profesor
Calímaco era un gran sabio que había sido secretario del Papa Pío II, y
después estuvo 30 años en la corte del rey de Polonia ayudándole en la
instrucción de los jóvenes. Calímaco dijo: "Casimiro es un adolescente
santo", y el Padre Juan escribió también: "Casimiro es un joven
excepcional en cuanto a virtud".
Claro está que no basta con
recibir una buena educación de parte de los papás y tener buenos
profesores, sino que es necesario que el joven ponga de su parte todo el
empeño posible por ser bueno. Pues de los otros doce hermanos de
Casimiro, que tuvieron los mismos profesores, ninguno llegó a la
santidad, y algunos hasta dieron malos ejemplos. En cambio nuestro santo
llegó a unas alturas de virtud que admiraron a los que lo conocieron y
lo trataron.
Dicen los biógrafos de San Casimiro que su más
grande anhelo y su más fuerte deseo era siempre agradar a Dios. Para eso
trataba de dominar su cuerpo, antes de que las pasiones sensuales
mancharan su alma. Siendo hijo del rey, sin embargo vestía muy
sencillamente, sin ningún lujo. Se mortificaba en el comer, en el beber,
en el mirar y en el dormir. Muchas veces dormía sobre el puro suelo y
se esforzaba por no tomar licor. Y esto en un palacio real donde las
gentes eran bastante inclinadas a una vida fácil y de muchas comodidades
y comilonas.
Para Casimiro el centro de su devoción era la
Pasión y Muerte de Jesucristo. En aquellos tiempos los maestros
espirituales insistían frecuentemente en que para ser fervoroso y crecer
en el amor a Dios aprovecha muchísimo el meditar en la Pasión de
Jesucristo. Nuestro santo pasaba mucho tiempo meditando en la Agonía de
Jesús en el Huerto y en los azotes que padeció, como también en la
coronación de espinas y las bofetadas que le dieron a Nuestro Señor.
Ratos y ratos se estaba pensando en la subida de Jesús al Calvario y en
las cinco heridas del crucificado, y meditando en el amor que llevó a
Jesús a sacrificarse por nosotros. Le gustaban los cristos muy
sangrantes, y ante un crucifijo se quedaba tiempos y tiempos meditando,
suplicando y dando gracias.
Otra gran devoción de Casimiro era la
de Jesús Sacramentado. Como durante el día estaba sumamente ocupado
ayudando a su padre a gobernar el Reino de Polonia y de Lituania,
aprovechaba el descanso y el silencio de las noches para ir a los
templos y pasar horas y horas adorando a Jesús en la Santa Hostia.
Sus
preferidos eran los pobres. La gente se admiraba de que siendo hijo de
un rey, nunca ni en sus palabras ni en su trato se mostraba orgulloso o
despreciador con ninguno, ni siquiera con los más miserables y
antipáticos. Un biógrafo (enviado por el Papa León X a recoger datos
acerca de él) afirma que la caridad de Casimiro era casi increíble, un
verdadero don del Espíritu Santo. Que el amor tan grande que le tenía a
Dios, lo llevaba a amar inmensamente al prójimo, y que nada le era tan
agradable y apetecible como la entrega de todos sus bienes en favor de
los más necesitados, y no sólo de sus bienes materiales, sino de su
tiempo, sus energías, de su influencia respecto a su padre y de su
inteligencia. Que prefería siempre a los más afligidos, a los más
pobres, a los extranjeros que no tenían a nadie que los socorriera, y a
los enfermos. Que defendía a los miserables y por eso el pueblo lo
llamaba "el defensor de los pobres".
Su padre quiso casarlo con
la hija del Emperador Federico, pero Casimiro dijo que le había
prometido a la Virgen Santísima conservarse en perpetua castidad. Y
renunció a tan honroso matrimonio.
Los secretarios y otras
personas que vivieron con Casimiro durante varios años estuvieron todos
de acuerdo en afirmar que lo más probable es que este santo joven no
cometió ni un solo pecado grave en toda su vida. Y esto es tanto más
admirable en cuanto que vivía en un ambiente de palacio de gobierno
donde generalmente hay mucha relajación de costumbres. La gente se
admiraba al ver que un joven de veinte años observaba una conducta tan
equilibrada y seria como si ya tuviera sesenta.
A su padre el rey
le advertía con todo respeto pero con mucha valentía, las fallas que
encontraba en el gobierno, especialmente cuando se cometían injusticias
contra los pobres. Y el papa atendía con rapidez a sus peticiones y
trataba de poner remedio.
Casimiro llegó lo mismo que San Luis
Gonzaga, San Gabriel de la Dolorosa, San Estanislao de Koska, San Juan
Berchmans, y Santa Teresita de Jesús, a una gran santidad, en muy pocos
años.
Se enfermó de tuberculosis, y el 4 de marzo de 1484, a la
corta edad de 26 años, murió santamente dejando en todos los más
edificantes recuerdos de bondad y de pureza. Lo sepultaron en Vilma,
capital de Lituania.
A los 120 años de enterrado abrieron su
sepulcro y encontraron su cuerpo incorrupto, como si estuviera recién
enterrado. Ni siquiera sus vestidos se habían dañado, y eso que el sitio
donde lo habían sepultado era muy húmedo.
Sobre su pecho
encontraron una poesía a la Sma. Virgen, que él había recitado
frecuentemente y que mandó que la colocaran sobre su cadáver cuando lo
fueran a enterrar. Esa poesía que él había propagado mucho empieza así:
Cada día alma mía, di a María su alabanza. En sus fiestas la honrarás y su culto extenderás, etc., etc.
Hasta
después de muerto quería que en su sepulcro se honrara a la Virgen
María a quien le tuvo inmensa devoción durante toda su vida.
San
Casimiro trabajó incansablemente por extender la religión católica en
Polonia y Lituania, y estas dos naciones han conservado admirablemente
su fe católica, y aún en este tiempo cuando las gentes ven que está en
peligro su religión, invocan al santo joven que fue tan entusiasta por
nuestra religión. Y él demuestra con verdaderos prodigios lo mucho que
intercede ante Dios en favor de los que lo invocan con fe.
Navidad está a la puerta. Aunque no falten los intentos de silenciar
su verdadero sentido, en Navidad resuenan con fuerza las palabras del
evangelista Juan: "La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"
(Jn, 1, 14). Esta frase muestra el contenido propio de la fiesta de la
Navidad y el motivo de la alegría navideña de los cristianos; una
alegría que se ofrece a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Nos disponemos a entrar en el Adviento, el
tiempo que nos prepara para el encuentro con Cristo Jesús, el Hijo de
Dios, que viene y se nos da en la Navidad. Siempre y más aún en el Año
de la fe, María nos acompaña en este tiempo como madre y modelo de fe en
Dios. En ella podemos contemplar que la fe es un regalo de Dios, fruto
de su gracia, y, a la vez, una adhesión confiada a Dios.
Dentro
del Adviento celebramos a María en la fiesta de su Inmaculada
Concepción, en la que recordamos la preparación radical a la venida del
Salvador al encuentro con toda la humanidad. En la Inmaculada recordamos
que María, por haber sido elegida para ser la Madre del Salvador, ha
sido a la vez agraciada por Dios con dones a la medida de su misión de
ser la Madre del Hijo de Dios. En nuestra Señora, Dios obra maravillas:
es llamada a la existencia llena de la gracia y del amor de Dios, libre
del pecado original.
La celebración del Día de la Iglesia diocesana, el domingo 18 de
noviembre, nos invita a los católicos a conocer nuestra Iglesia y a
sentirla como propia para amarla de corazón. Nuestra Iglesia diocesana
de Segorbe-Castellón es la comunidad de los cristianos católicos que
vivimos en el territorio diocesano: presidida por el Obispo en nombre de
Jesucristo, anuncia, celebra y vive en la caridad a Cristo, el
Evangelio salvador de Dios para toda la humanidad.
Cada uno experimenta la Iglesia diocesana en su comunidad parroquial o
eclesial; cada una de ellas son como células de la Iglesia diocesana;
pero, como ocurre en el cuerpo humano, separadas de la Iglesia diocesana
dejarían de existir. Nuestra Iglesia diocesana no es, por tanto, algo
ajeno a cada uno de nosotros, los católicos; es nuestra Iglesia, donde
nacemos a la fe, la cultivamos, la celebramos y la vivimos. En ella se
nos envía a dar testimonio del Evangelio y a vivirlo día a día con
nuestras obras de amor. Así es como la Iglesia lleva a cabo su misión de
evangelizar. De este modo contribuye a construir una sociedad más
humana y fraterna, justa y solidaria.
En la raíz de la actual crisis económica, moral, social, familiar e
institucional está sin duda el abandono de Dios y de sus mandamientos,
inscritos en la naturaleza humana. Como decía Juan Pablo II, cuando Dios
desaparece del horizonte de los hombres, comienza el ocaso de su
dignidad. Anunciando, celebrando y viviendo con fidelidad el Evangelio
de Jesucristo, nuestra Iglesia contribuirá sin duda alguna a la
superación de la crisis actual.
Nuestra Iglesia es un don del amor gratuito de Dios y una tarea
encomendada a cuantos la formamos. Como don de Dios, la hemos de acoger
con gratitud y la hemos de amar de corazón. Querida por Cristo y
alentada por la fuerza del Espíritu Santo es el lugar de la presencia
del Señor y de su obra salvadora entre nosotros. El mismo Cristo nos ha
encomendado la hermosa tarea de anunciar el Evangelio, de celebrar los
sacramentos, de vivir el amor para que la obra de su Salvación llegue a
todos. Su vida y su misión dependen de todos y de cada uno de lo que
formamos parte de esta gran familia.
A los católicos nos urge redescubrir, valorar y vivir sin complejos y
tibiezas nuestra identidad cristiana y eclesial. Ambas son
inseparables. No se puede ser cristiano al margen de la Iglesia.Amar,
sentir y vivir la Iglesia como algo propio no será posible si no existen
un conocimiento objetivo y desde dentro de la Iglesia misma, así como
una vivencia personal de la propia fe en el seno de la Iglesia. Ser
cristiano no se reduce a recibir el bautismo y el resto de los
sacramentos, o a practicar ocasionalmente. Cristiano es quien se ha
encontrado con Cristo, cree y confía en Él, y se adhiere a Él con toda
su mente y todo su corazón; es cristiano quien acoge y vive el don de la
fe y la nueva vida del bautismo, formando parte de la Iglesia y
participando en los sacramentos.
Es cristiano quien deja que Jesús y su Evangelio conformen su pensar,
sentir y actuar, y quien da testimonio de su fe y se compromete en la
transformación de la sociedad y del mundo. Cristiano es, quien unido a
Cristo en el seno de la Iglesia, participa en su vida y misión. No lo
olvides: la Diócesis es tu Iglesia y cuenta contigo y tu generosidad.
El Año de la fe es una ocasión propicia para redescubrir nuestra fe
cristiana y la alegría de creer. Este es, entre otros, el deseo del
Santo Padre y el motivo de su convocatoria. Ya cercano su inicio nos
debemos ir preparando para que este "tiempo de gracia" no transcurra en
vano, sino que tenga los frutos espirituales deseados.
En el camino de la fe es imprescindible la oración, que es la puerta
que lleva a la fe, la hace crecer, la fortalece y la mantiene viva. La
fe, en efecto, no es sólo creer como verdaderas las enseñanzas de Jesús,
el Hijo de Dios, ni sólo aceptar la moral que Él nos propone. La fe
incluye todo esto; pero es también y antes de nada abrir nuestra mente y
nuestro corazón a Jesucristo, en quien Dios viene a nuestro encuentro
para darnos su amor. Creer es confiar en Jesucristo, ponerse en sus
manos, prestarle la adhesión de nuestra mente y de nuestro corazón,
aceptarle como el centro de nuestra existencia. Porque creemos en Él,
confiamos en Él y nos fiamos de Él, creemos y acogemos su Palabra como
la Verdad y su camino como el camino de la Vida.
La fe brota del encuentro personal con el Dios vivo en su Hijo
Jesucristo. El Papa Benedicto VXI nos ha escrito en su primera
Encíclica, 'Dios es amor', que "no se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un
acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y,
con ello, una orientación decisiva" (n. 1). Es, pues, el encuentro
personal con Cristo, la experiencia de su amistad y de su amor, lo que
hace surgir, crecer y madurar la fe. Para ser cristiano no basta con
tener unos conocimientos de Dios o de Cristo, ni unos valores
cristianos. Es necesaria una experiencia personal de encuentro con
Cristo, que posibilite la adhesión total de mente y corazón a Él y a su
Evangelio.
Para que se dé este encuentro personal con Cristo hay que "caer en la
cuenta", del amor de Dios en Cristo, que precede cualquier decisión
nuestra, como dice San Juan de la Cruz. Sólo cuando caemos en la cuenta
de que Dios nos ama, que nos ha creado y redimido por sí sólo, que nos
ha colmado de bienes y que quiere entablar una comunión de vida y de
amor con cada uno de nosotros, podemos salir de nosotros y dejarnos
encontrar y amar por Él. El peligro y la tentación por nuestra parte es
encerrarnos en nosotros mismos y no dejar lugar a Dios y su amor en
nuestra existencia. Nuestro reto es descubrir que el amor de Dios por
cada uno nos hace capaces de nuestra respuesta de amor en la fe.
¿Dónde descubrirlo? En la oración personal y comunitaria. Quien reza
de verdad y ora con autenticidad se pone en la presencia de Dios, abre
su corazón al misterio del amor de Dios, se deja encontrar y amar por
Dios. La oración es la puerta para entrar en el castillo interior donde
Dios habita (Santa Teresa de Jesús), es la puerta necesaria para creer.
No hay otro camino para establecer una relación de amistad con Dios ni
para el encuentro con Jesucristo que la oración. Y hemos de orar con
constancia e insistencia.
Recuperemos o intensifiquemos la oración en este tiempo de gracia,
que nos ofrece el Año de la fe. Demos a Dios cada día algo de nuestro
tiempo. Y hagámoslo con fidelidad y en un lugar tranquilo, donde haya
algún signo que remita a la presencia de Dios.
La festividad de San Joaquín y Santa Ana, padres de la Virgen, el día
26 de julio, es una fecha muy oportuna para recordar a los abuelos y
mostrarles nuestro afecto, reconocimiento y gratitud. Es una fecha
propicia para rendir nuestro homenaje a tantos hombres y mujeres que
juegan un papel tan importante en nuestras vidas, sobre todo en esta
época que nos ha tocado vivir. Ellos nos recuerdan que la familia sigue
siendo de lo más grande que tenemos: ella es la base y el cimiento de
nuestra sociedad.
Nuestro recuerdo agradecido de nuestros abuelos es ante todo un acto
de amor: es una devolución de ternura hacia ellos y, sobre todo, una
acción de gracias respetuosa y alegre para hacerles arrancar una sonrisa
y para que vuelvan a sentirse protagonistas. El respeto y el cariño
hacia nuestros mayores debería ser algo connatural a nuestra sociedad,
ya que la figura de los padres de nuestros padres está presente en la
memoria de nuestra infancia. Nuestros abuelos no pueden ser arrinconados
ni en nuestra sociedad ni en nuestra Iglesia. Ellos son punto de
referencia de nuestros primeros pasos, de nuestros primeros juegos, de
nuestros primeros actos de toma de conciencia, de nuestras primeras
alegrías, de nuestras primeras reprimendas, de nuestros primeros
cumpleaños y de tantos y tantos momentos inolvidables en nuestros
primeros años de vida.
Los padres muchas veces a causa de sus trabajos encomiendan a los
abuelos el cuidado de los niños, el levantarlos, el llevarlos al colegio
y recogerles del mismo, el darles de comer o merendar. Infinidad de
veces, los abuelos hacen las funciones de padres con todo amor y
dedicación: van educando a sus nietos con la ternura que se merecen, a
fin de que descubran la vida sin traumas y sin complejos; les ayudan en
todo lo que pueden, mejorando, incluso aquellas cosas que saben por
experiencia que han de hacer de otra manera, recordando los errores que
tuvieron con sus propios hijos. Por todo esto y por mucho más creemos
que los abuelos se merecen un sitio especial en los corazones de los
hijos, en la familia y en la sociedad.
Y también en nuestra Iglesia. Los abuelos tienen hoy una importancia
capital en la delicada y difícil tarea de la educación en la fe
cristiana y en la transmisión de la fe a las generaciones más jóvenes.
Cuando al final de las Confirmaciones felicito a los abuelos y les
agradezco haber sido educadores y transmisores de la fe de sus nietos,
que han recibido la Confirmación, ellos asienten siempre con
satisfacción y alegría.
Por distintos motivos los padres no ejercen siempre su
responsabilidad de ser los primeros y principales educadores de sus
hijos; de hecho, muchos abuelos se han convertido hoy en los verdaderos
educadores en la fe de sus nietos. Muchos niños, adolescentes y jóvenes
han sido iniciados en la fe y educados en los valores cristianos
gracias a sus abuelos. Ellos les han enseñado a rezar de pequeños, les
han hablado de Dios, les han acercado a Jesús, a su Evangelio y a la
Iglesia, y les han enseñando con su palabra y ejemplo a vivir como
cristianos.
Muchísimas gracias, queridos abuelos, por vosotros y por los que
hacéis con los nietos. Que San Joaquín y Santa Ana os protejan en esta
sublime misión que el Señor también ha dejado en vuestras manos de ser
educadores en la fe de vuestros nietos.
Los centros educativos abrirán en breve el periodo de inscripción de
los alumnos para el próximo curso escolar. Recuerdo, una vez más, a los
padres católicos que son ellos quienes han de pedir expresamente la
inscripción de sus hijos a la asignatura de religión y moral católica.
Son ellos quienes han de hacerlo; es un derecho que les asiste. Pero
además es su responsabilidad como padres católicos. Ellos son los
primeros educadores de sus hijos, también de su formación cristiana y de
su educación en la fe y desde la fe. A ello se comprometieron ante la
Iglesia y ante sus hijos, cuando pidieron el bautismo para sus hijos.
Cierto que los padres no tienen fácil ejercer este derecho que les
asiste a la hora de inscribir a sus hijos a la clase de religión. La
misma legislación ha venido poniendo trabas a la clase de religión al no
equipararla al resto de las asignaturas fundamentales como está
acordado con la Santa Sede, para concretar el derecho constitucional de
los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones religiosas.
Además es clara la discriminación que sufren los alumnos que cursan esta
asignatura cuando no existe una verdadera alternativa a la clase de
religión para el resto de los alumnos; una discriminación que aumenta
cuando la clase de Religión se pone al comienzo o al final del horario
escolar. Según me indican los mismos padres y alumnos, en algún colegio
público se intenta disuadir a los padres que piden religión para sus
hijos y existen profesores que se mofan de ellos porque cursan esta
asignatura. Ante esta situación antidemocrática, sacerdotes, profesores
de religión y profesores cristianos, catequistas hemos de ayudar a los
padres católicos para que valoren la clase de religión y no se dejen
amedrentar por los intentos de que sus hijos no reciban formación
religiosa en la escuela o por la facilidad de tener una asignatura
menos.
Todos hemos de trabajar para que los padres católicos puedan ejercer
su responsabilidad de educar a sus hijos en la fe cristiana; y también
para que sus hijos reciban la formación religiosa en la escuela, sin
limitaciones y sin coacciones de distinto tipo. No olvidemos que la
formación religiosa se realiza por diversos cauces, entre los que
destacan la familia, la parroquia y la escuela; todos ellos tienen
objetivos y medios diferentes. Y todos son necesarios.
La formación religiosa en la escuela no es un privilegio ni un
añadido artificial a la formación humana, cultural y técnica. La
enseñanza religiosa es fundamental para la formación integral de los
alumnos, que no puede excluir la dimensión trascendente y religiosa
connatural a toda persona. Además ayuda a conocer y comprender la propia
cultura y es fuente de valores y referente que da sentido a la vida. Al
proyectar su luz sobre todas las áreas del pensamiento da unidad a todo
el desarrollo y maduración de la persona desde la libre adhesión a la
Palabra de Dios. Además promueve el diálogo con la cultura y la
convivencia fundada en el reconocimiento de los derechos y deberes de la
persona, en el respeto a las convicciones morales y religiosas del
prójimo y en el servicio a la causa de la justicia.
Padres: inscribid a vuestros hijos a la clase de Religión. Y
ayudadles a valorar esta enseñanza como imprescindible en su desarrollo
personal, intelectual y cultural.
RECORDATORIO DEL CENTRO: Aparte de la matrícula, se apunta uno a Religión en septiembre señalando la casilla de Religión que se os da en las Agendas con la firma autorizando. La última palabra la tiene la Agenda con la firma.
Mañana celebramos el Santo de nuestro Obispo. Los colegios han hecho felicitaciones dedicadas. Nuestra felicitación elegida como más bonita que representa a todo el colegio ha sido realizada en grupo por: Alicia, Nicoll, Lacri, Carolina y Lorena de 4º.
Demà celebrem el Sant del nostre Bisbe. Els col·legis han fet felicitacions dedicades. La nostra felicitació triada com a més bonica que representa a tot el col·legi ha sigut realitzada en grup per: Alicia, Nicoll, Lacri, Carolina i Lorena de 4t.
ENTRE EL CEL I LA TERRA DÉU POSA PONTS, EL NOSTRE BISBE CASIMIRO ÉS EL PASTOR DEL CAMÍ, ENS PLENA D'ALEGRIA COMPARTIR AMB ELL ESTE DIA.
Tomorrow we celebrate the Saint of our Bishop. The colleges have done dedicated congratulations. Our letter of congratulation chosen the pretiest that it represents to the whole college has been realized in group for: Alicia, Nicoll, Lacri, Carolina and Lorraine of 4 º.
BETWEEN THE SKY AND THE LAND
GOD PUTS BRIDGES,
OUR BISHOP CASIMIRO
HE IS THE SHEPHERD OF THE WAY,
IT FILLS US WITH HAPPINESS
TO SHARE WITH HIM THIS DAY.
NUESTRO QUERIDO SR. OBISPO NOS HA HECHO LLEGAR UNA CARTA AL CENTRO COMUNICANDO QUE LO HA LEÍDO CON CARIÑO Y QUE OS LO AGRADECE DE CORAZÓN A TODOS LOS NIÑOS DEL CENTRO Y QUE CONTÁIS CON SU ORACIÓN Y BENDICIÓN (NIÑOS Y FAMILIAS).
Queridos diocesanos:
En los meses de verano muchos disfrutan del merecido descanso. Durante el tiempo de vacaciones se busca a toda costa el descanso. Pero los caminos que se eligen muchas veces no llevan al reposo porque son equivocados. Vivir las vacaciones no es sólo y exclusivamente dejar el trabajo o buscar un cambio de ritmo. La mayoría de las veces se vuelve de vacaciones más cansado que cuando estas se iniciaron. Y esto ocurre porque no se ha dado con la clave del descanso.
Las vacaciones son un tiempo privilegiado para favorecer el descanso físico, pero también para la restauración interior: también nuestro espíritu pide una renovación permanente. Ambas dimensiones han de ejercitarse para que haya vacaciones de verdad. Es sintomático constatar que en nuestra sociedad hay como una enfermedad congénita; ésta se manifiesta en tomar la vida con superficialidad sin ahondar en el sentido de la misma. Alguien ha definido al hombre ‘postmoderno' como aquel que bucea en la superficie. Las necesidades del espíritu no se cubren con una jornada llena de actividades superficiales.
En tiempo de vacación tenemos tiempo para curar las heridas físicas y espirituales que el camino ha provocado durante el año. Las condiciones habituales de vida, a veces frenéticas, nos dejan poco espacio para el silencio, para la reflexión, para el contacto con la naturaleza, para el cultivo de la relación entre los esposos, en la misma familia y con los amigos. Además, en las vacaciones, se puede dedicar más tiempo a la oración, a la lectura y a la meditación sobre el sentido profundo de la vida en el ambiente sereno de la propia familia y de los seres queridos.
El tiempo de vacaciones ofrece oportunidades únicas para contemplar el sugestivo espectáculo de la naturaleza; es un ‘libro' maravilloso al alcance de todos, de los grandes y de los pequeños. En contacto con la naturaleza, la persona recobra su justa dimensión, se redescubre criatura, pequeña pero al mismo tiempo única, ‘capaz de Dios', porque interiormente está abierta al Infinito. Impulsada por la pregunta sobre el sentido de la vida que la apremia en el corazón, percibe en el mundo circundante la huella de la bondad, de la belleza y de la divina Providencia, y de una forma casi natural se abre a la alabanza y a la oración (Benedicto XVI).
La oración es la vida del corazón nuevo y renovado. Ella nos debe animar en todo momento puesto que nos centra en el ‘recuerdo de Dios' como dicen los maestros del espíritu. El corazón está inquieto y no puede descansar hasta que descubre quien apuesta por él. "Es necesario acordarse de Dios más a menudo que de respirar" (San Gregorio Nacianceno).
Sin serenidad en el espíritu no puede haber descanso. Es muy difícil que los resortes de una vida más placentera y de relajación corporal sea la única forma de reposar. El espíritu nos pide algo más. Todos queremos ser felices y dichosos; pero esto no se puede conseguir si no se va a la fuente de donde mana y corre la plena alegría. La vida es muy importante y no la podemos trivializar con banales y absurdas apuestas. Dejar que hable nuestro interior y recrear el diálogo de amistad y amor con Dios, que nos ama, nos hará más felices.
Con mi afecto y bendición,
+ Casimiro López Llorente
Obispo de Segorbe-Castellón