Queridos padres:
Hoy quiero dirigirme a vosotros como madre de cuatro hijos. Sin la
ayuda y la dedicación de su padre, mi marido, hubiese sido muy difícil conseguir
educarles, ayudarles y verles ahora luchar por sus ideales.
Me he parado a pensar algunas
vivencias que he tenido, tal vez os puedan ayudar en la labor que habéis emprendido
aunque no pretendo dar lecciones magistrales, no soy quién para ello.
Siempre que escribo algo procuro que sea vivido, experimentado. Hoy, que voy a hablar de la figura del padre,
recuerdo al mío con especial cariño.
Me enseñaba con su ejemplo, no con sus disertaciones. Era honesto con sus
responsabilidades. Confiaba plenamente en en mí. Hablaba conmigo y se
interesaba por mis inquietudes. Me daba libertad para decidir, pero tenía que asumir
mis decisiones Me infundia respeto, no temor. Siempre decía una palabra
amable, elogiaba lo bueno que hacían los demás. Incluso me regaló un muñeco cuando
suspendí geografía, estaba
seguro que me esforzaría y aprobaría. Le importaba la
constancia y la superación. Evidentemente eso me dejó huella y tuve
un notable en septiembre.
No era perfecto, quizás con el tiempo haya idealizado su proceder, pero
poseía una gran virtud: su afán de superación.
Ahora pienso que ser padre puede ser difícil. La sociedad ha
cambiado. Los roles se dispersan. La permisividad se confunde con la libertad.
La responsabilidad se asume con
dificultad. Cuantas veces oímos