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lunes, 18 de noviembre de 2013

La vida de Jesús y la mía



  7. El niño Jesús en el Templo


José y María suben, con Jesús, que ya tiene doce años, de Nazaret a Jerusalén, para la fiesta de Pascua. En el viaje de regreso, Jesús desaparece. José y María pasan el día preguntando a cada familia de la larga caravana: “¿Habéis visto a Jesús? ¿Habéis visto a un niño de doce años?” Y siempre la misma negativa, que hace crecer todavía más su angustia.

Por fin, lo encuentran en el Templo, sentado en medio de los doctores de la Ley, escuchándoles y preguntándoles.

-Hijo -le pregunta María-, ¿por qué nos has hecho esto? Mira cómo tu padre y yo, angustiados, te buscábamos.

Y él les dice:

-¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?

Pero ellos no comprenden esta respuesta.
Verdaderamente, todo aquello era difícil de comprender: un niño que se pierde a propósito, que sabe que sus padres lo buscan angustiados, que a sus doce años deja con la boca abierta a los doctores del templo…
María y José no comprenden, pero no protestan. Son humildes y reconocen que no pueden entender totalmente los planes de Dios.

Jesús, te pido que me ayudes a imitar a María y José: ante la enfermedad, el dolor, los disgustos y contrariedades, no quiero protestar ni rebelarme. Te preguntaré, con sencillez y confianza: “Señor, ¿por qué permites esto? ¿Qué esperas de mí”. Y sé que Tú, de un modo u otro, me harás ver que eso es lo mejor para mí.

 (Autor: Tomás Trigo)


 *Capítulo anterior: 6,5,4,3,2,1

viernes, 8 de noviembre de 2013

La vida de Jesús y la mía


 
6. La huida a Egipto
 
La tranquilidad de la vida en Belén dura poco. Un ángel avisa a José de que Herodes busca al Niño para matarlo. Debe huir a Egipto.
Egipto quedaba muy lejos. Había un largo camino que recorrer. Y al llegar, José, tiene que buscar, en un país extraño, casa y trabajo para sacar adelante a Jesús y a María. Eran una familia de emigrantes.
Muerto Herodes, José recibe una nueva orden: regresar a su tierra. Otro largo viaje, hasta que se instalan en Nazaret.
Querido José: Dios te confió a su familia, y tú respondiste poniendo a su servicio todas tus fuerzas, tu vida entera.
Es fácil darle “algo” a Dios, y hay mucha gente que está dispuesta a ello: un poco de dinero, un poco de tiempo, tal vez. A veces pensamos que con eso ya hemos hecho bastante, y nos sentimos justificados para poder dedicar el resto de nuestras energías a nuestras ambiciones personales. Y después se nos llena la boca hablando de construir un mundo de verdad y justicia, de amor y de paz...
El Señor necesita hombres y mujeres como tú, José, y como María, que se ocupen de sacar adelante los planes de Dios en la tierra; que pongan a su disposición, sin condiciones, la vida entera; que luchen en todo momento por imitar a Cristo, para que se haga realidad en la tierra el Reino de Dios.
José, te pido para mí y para todos los cristianos, que nos decidamos a ser generosos con Dios.

(Autor: Tomás Trigo)

*Capítulo anterior: 5,4,3,2,1
 

jueves, 31 de octubre de 2013

La vida de Jesús y la mía


  5. La adoración de los magos


      Los Magos eran hombres sabios, de algún país de Oriente, que la Escritura no determina. El Señor les hizo ver la estrella que anunciaba su nacimiento. Y dejando a un lado la comodidad de su casa, se pusieron en camino para buscarle. Por fin llegaron a la casa en la que vivían Jesús, María y José, y postrándose ante el Niño le adoraron. Luego, abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.

¿Qué puedo ofrecerte yo, Señor? ¿Qué puedo ofrecerte hoy?



Quiero entregarte libremente lo más íntimo que tengo: mi corazón.

Pero entregarte el corazón quiere decir que debo limpiarlo de todo lo que te disgusta: egoísmo, pereza, soberbia, avaricia… Y llenarlo de amor.
Sí, te entrego mi corazón. Pero solo podré hacerlo si Tú me ayudas, si transformas mi viejo corazón en un corazón nuevo, limpio y enamorado de Ti.
Cuando examino mi modo de actuar, Jesús, descubro que, muchas veces, en lugar de hacer las cosas por amor a Ti y a los demás, las hago por egoísmo, por quedar bien delante de otros, por orgullo…

Ayúdame a convertir mi vida en un regalo: las clases, el estudio, el descanso, la vida en familia, la relación con los amigos, las alegrías y las penas. Todo deseo convertirlo en ofrenda agradable a tus ojos, haciéndolo para Ti, con el único afán de agradarte y servir a los demás.
¿Y si fallo? Pues te pido perdón y sigo adelante, porque sé que Tú me perdonas y me sonríes…

 (Autor: Tomás Trigo)


 *Capítulo anterior: 4,3,2,1


viernes, 25 de octubre de 2013

La vida de Jesús y la mía

 
 4. Los pastores reciben la noticia del nacimiento del
Salvador


Quiso el Señor que los primeros en conocer la noticia de su nacimiento fueran unos pastores. Y no les envía a un mensajero cualquiera, sino a un ángel. Así nos muestra su predilección por las personas sencillas.

—No temáis —les dice—, pues vengo a anunciaros una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.

Los pastores fueron los primeros que buscaron a Jesús y lo encontraron. No dudaron ni se escandalizaron al oír que su Salvador había nacido en un establo, que estaba envuelto en pañales y recostado en un pesebre. ¿Por qué? ¿Por qué creyeron a los ángeles? ¿Por qué reconocieron en aquel niño al Hijo de Dios? Pienso que porque eran humildes. En cambio, los soberbios, los autosuficientes, los que se tienen por sabios, los que se creen mejores que los demás, no buscan a Jesús, ni lo encuentran, ni le entienden: están ciegos para verlo, aunque lo tengan delante y le vean hacer milagros.
Dame, Señor, un corazón sencillo y humilde, para buscarte sinceramente, para verte y reconocer que eres mi Dios y Salvador.

 Desde muy pequeño, me enseñaron que Tú, Señor, nos das a cada uno un ángel que nos guarda y nos custodia a lo largo del camino de la vida.

Más tarde, puede leer en uno de los salmos estas palabras inspiradas por Ti: «A ti no te alcanzará ningún mal, ni la plaga se acercará a tu tienda, porque ha dado órdenes a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que no tropiece tu pie en piedra alguna» (Salmo 91, 10-12).

Ahora quiero darte las gracias por esta demostración de tu amor: poner a mi lado un ángel para que me cuide. Y hago el propósito de tratarlo como a un amigo, muy amigo y muy poderoso, y de pedirle que guarde sobre todo mi corazón para que no entre en él la soberbia, el orgullo, nada que me aparte de Ti.

(Autor: Tomás Trigo)


 *Capítulo anterior:  3,2,1