Jesús nos sigue convidando a su banquete, a la eucaristía. Porque la eucaristía es fiesta, fiesta de familia, fiesta de la Iglesia que se reúne, fiesta de la alegría, fiesta del perdón, fiesta de…
Hoy, de pronto, sentí la imperiosa necesidad de ir a una capilla y estar con Jesús. Pensé en una, ubicada a la vuelta de donde trabajo.
El sentimiento era como una invitación: “ven a verme”. Pero no le hice caso. Seguí concentrado en lo que hacía.
Me ha ocurrido con anterioridad. Es más sencillo quedarme tranquilo donde estoy. Pero algo en mi interior me decía: “Debes ir. Jesús te llama”.
Ya lo conozco. Y me sonrío de pensarlo. Él es así. Cuando te llama, nunca cesará de hacerlo, a menos que vayas a verlo. Ansía llenarte de “gracias”.
Tantas “gracias ” disponibles y tan pocos acuden para recibirlas.
Al final, dejé lo que hacía y me dirigí a la capilla. Es un oratorio pequeño, acogedor, con un Sagrario espectacular. Tan pronto entré descubrí el motivo de tanta insistencia.
Allí estaba Él, en toda su Majestad, presente, a la vista, esperando a sus amigos.
“Llegué”, le dije, mientras me arrodillaba.
Y me lo imaginé sonriendo de alegría. Diciéndo ilusionado:
“Viniste Claudio”.
Me dio un regalo incomparable: Estar con Él, sentir su presencia amorosa. Tan cerca que casi podía tocarlo.
Yo lo miraba, en silencio, y Él me miraba, sonriendo.
En ese momento, tomé una resolución: “Dejarme llevar por lo que me dicte el corazón”.
Después de todo, Dios le habla al corazón del hombre. Nosotros lo callamos.
Luego de un rato en silencio, meditando… me marché.
Tomé una foto, para compartir contigo este momento.
Y recordé con emoción aquella alegre canción que dice:
“Estamos de fiesta con Jesús,
al Cielo queremos ir”.
(Fuente: Catholic.net, Claudio De Castro)
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