En nuestro camino cuaresmal
hacia la Pascua hemos de convertir o volver nuestra mirada y nuestro
corazón a Dios, a su amor y al prójimo. Sólo así podremos descubrir que
en nuestra vida hay acciones u omisiones que nos alejan de Dios, de su
amor y del amor al prójimo: esto es el pecado. Cuanto más presente está
Dios en el corazón de una persona, más sentido hay para aquello que nos
aleja de su amor, más conciencia hay de pecado. Pero también en esta
situación, Dios nos sigue amando. Como el fuego que, por su propia
naturaleza, no puede sino quemar, así Dios no puede dejar de amar.
"Porque Dios es amor" (1 Jn 4,8).
Dios nos ha creado por amor, para amar y
ser amados. Somos hechura suya, a su imagen y semejanza. Dios es
eternamente fiel a su designio; sigue amándonos incluso cuando,
empujados por el maligno y arrastrados por nuestro orgullo, abusamos de
la libertad que nos fue dada para amar y buscar el bien generosamente, y
rechazamos el amor de Dios y hacemos el mal. Incluso cuando, en lugar
de responder libremente a su amor con el nuestro, vemos en Él a un
rival, celoso del hombre, y, haciéndonos ilusiones y presumiendo de
nuestras propias fuerzas, rompemos nuestra unión vital con Él marchando
por nuestros caminos. Dios permanece siempre fiel a su amor.
El amor de Dios se transforma en
misericordia ante las limitaciones del ser humano, especialmente ante el
hombre pecador. Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y
rico en clemencia y lealtad, perdona la culpa, el delito y el pecado
(cf. Ex 34, 6-7). Dios es rico en misericordia (Ef 2,4): una
misericordia entrañable, maternal, paciente y comprensiva, siempre
dispuesta al perdón. Como escribe el Papa Francisco: "Dios no se cansa
de perdonar, somos nosotros quienes nos cansamos de acudir a su
misericordia" (EG 3).
Es más: Dios sale a nuestro encuentro en
su Hijo, Jesús, que nos muestra el rostro compasivo y misericordioso
del Padre. Durante su vida pública encontramos a Jesús perdonando los
pecados. Él manifiesta que no son los sanos sino los enfermos los que
necesitan el perdón. Él mismo ha venido a buscar a los pecadores. Esta
actitud de Cristo despierta la crítica de los fariseos, pero Jesús
insiste en perdonar a todos los que se acercan a él y se arrepienten de
sus pecados. Esta actitud de Cristo queda plasmada para siempre en el
poder de perdonar los pecados que Él mismo confía a los apóstoles: "A
quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se
los retengáis les quedan retenidos" (Jn 20,23). En este texto la Iglesia
reconoce la institución del Sacramento de la penitencia, el sacramento
de la misericordia de Dios.
Pero para ser perdonados es
indispensable querer recibir el perdón, reconocer con humildad nuestros
pecados, estar verdaderamente arrepentidos, tener dolor de corazón y
acudir al sacramento de la confesión. Cuando uno se acoge a la
misericordia de Dios, la confesión se convierte en una de las
experiencias más profundas y hermosas que se pueden tener sobre la
tierra. Es hacer la experiencia de ser hijo amado de un Padre que, en
vez de acusar, en vez de reprochar nuestra huida, se enternece por
habernos encontrado y nos abraza, como al 'hijo pródigo' (cf. Lc 15,11-
32 ). Dios es misericordia, perdón, brazos abiertos. Él no quiere el
pecado. Jesús a la vez que perdonaba decía: "Vete en paz, pero en
adelante no peques más" (Jn 8,11). Jesús no dudaba a la hora de condenar
el pecado. Pero acogía al pecador y éste lo entendía porque antes de
escuchar esas palabras se había sentido querido por él.
Con mi afecto y bendición,
Obispo de Segorbe-Castellón
(Fuente: "Diócesis de Segorbe-Castellón")
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