Nuestra alma tiene la admirable capacidad de sentir a Dios.
Este sentimiento de Dios a veces es claramente perceptible. Si se lo desarrolla espiritualmente de una
manera correcta, se fortalece en el ser humano y se alcanza la fe consciente.
"He aquí, estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él conmigo" (Ap.
3:20) Estas palabras del Salvador hablan de que Dios, a cada ser
humano, le ofrece el don de la fe, pero el ser humano es libre de recibir o
rechazar el don de Dios.
"Tu creíste porque viste. Bienaventurados los que sin ver, creyeron"
(Jn. 20:29). En otras palabras, la fe fundamentada en experiencias
exteriores tiene poco valor; no es propiamente fe, sino conocimiento
común. La fe verdadera nace de la experiencia interior. Esta fe exige
sensibilidad, entusiasmo espiritual, y por esa razón es merecedora de
elogio.
Para fortalecer la fe es necesario empezar a vivir espiritualmente. Para
esto es necesario, en primer lugar, leer las Sagradas Escrituras
regularmente, pensar en Dios, interesarse y leer literatura de contenido
espiritual. Después es necesario tratar de sentir a Dios en una oración
atenta y de corazón, así como en la comunión con el Cuerpo y la Sangre
de Cristo. Y por último es necesario tratar de vivir no sólo para sí
mismo, sino para el bien del prójimo y de su Iglesia. El que ama recibe
el calor de la gracia del Espíritu Santo en el corazón. Desde luego, en
la vida cristiana siempre va a haber lucha, pruebas y dificultades.
Pero es importante recordar la ayuda de Dios en nuestro crecimiento espiritual.
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