La
verdadera felicidad se hace, se construye día a día pacientemente en el
interior de la persona. El interior de la persona es el taller donde se
labra la felicidad. Si estás en paz con Dios, con los otros, con las
cosas, y contigo mismo poco a poco sentirás una gran alegría interior
que es en definitiva lo que llamamos felicidad.
Mucho
son los que piensan que la felicidad viene de fuera, que se puede
comprar en los supermercados como quien compra algo con dinero o con
tarjeta de crédito. Y no es así. La felicidad no es sinónima de tener
sino de ser. El que más tiene no es el más feliz, sino el que se
esfuerza por ser más con los otros y para los otros, es decir, el que
vive la solidaridad y la fraternidad.
La
felicidad es una planta muy delicada que sólo crece en la tierra del
interior del corazón. La verdadera felicidad se cultiva dentro y se
expande hacia afuera. No es como un objeto que se vende y se compra. La
persona más feliz, consecuentemente no es la que más tiene sino la que
se esfuerza por ser cada día más persona, con los otros y para los
otros.
Dice un proverbio chino: "El bien que
hicimos la víspera es el que nos trae la felicidad por la mañana". Es decir, el bien que hacemos es una fuente abundante de
felicidad. Hacer el bien de forma gratuita y alegre llena de sentido la
vida y una vida llena de sentido es feliz.
La
felicidad, más que en recibir, consiste en dar. En la medida que damos y
nos damos, aumenta en nosotros la felicidad que es la genuina alegría
que inunda el corazón de paz y serenidad. La felicidad auténtica es
siempre el resultado de una acción dinámica en favor de los demás.
Cuando el prójimo
esté entronizado en un punto privilegiado de tu corazón, experimentarás
la verdadera alegría.
(Fuente: "hcarm-orihuela")
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